martes, 27 de julio de 2010

Abolir Privilegios


Los bancos son solo negocio para ellos, no para el resto; sin función social alguna, son ayuda al intercambio travestida en cruel instrumento del insano capital, su dueño, ganancia que se exprime del dinero de otros y, sus poco humanas prácticas, germen del actual caos injusto. En “El asesino en mí”, novela negra de Jim Thompson, Billy Boy Walker, atípico abogado, acaso “el tipo más odiado del país en las altas esferas”, decía que “una mala hierba es una planta que no está en su lugar”, pues “una amapola en un campo de trigo es una mala hierba (…) y en un jardín es una flor”; en el mundo justo, igualitario y lógico que imagino, los bancos son, sin duda, malas hierbas, tóxicas.

Dashiell Hammett, también novela negra, retrató la corrupción del poder capitalista e hizo decir a Sam Spade, hastiado detective que en el cine fue Bogart, dos frases que iluminan: “Me contó que fue como si de pronto alguien hubiera levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo”, levantó la tapa de la vida y vio su mecanismo, ¡casi nada!, la mayoría, feliz, vive y muere sin intuir siquiera que sea importante, pero Hammett lo sabe y lo destaca en “El halcón maltés” cuando concluye que, tras conocer el vital artefacto, el narrador, sabio, “desapareció como lo hace el puño al abrirse la mano”; repito, levantó la tapa de la vida y, tras ver lo que había dentro, desapareció sin cobarde pesimismo, solo con la fatiga del que lucha hasta extenuarse y, perdidas mil batallas, no desea vivir su última derrota en la guerra.

Cuando siniestros cazadores de brujas en los siniestros 50s de los siniestros USA quisieron que Hammett delatara a sus camaradas y conseguir que nadie levantara la tapa de la vida, no fue un chivato y así evitó odiarse cada mañana hasta su muerte, lo encarcelaron y condenaron a vivir de una mísera pensión y el amor de Lilian Hellmann, pero no consiguieron impedir que nos legara sus personajes, prácticos conocedores del mecanismo de la vida en lugares tan actuales y gráficos como Poisonville -Ciudad venenosa-, donde dinero, corrupción, política, policía y justicia son magma único y los llamados ganadores, igual que aquí, no luchan, dicen trabajo a lo que hacen, se revuelcan en la molicie ponzoñosa que generan y los alimenta, no abren la tapa de la vida ni, por supuesto, piensan transformarse en mano, felices de haberse conocido y orgullosos de que los disfrutemos parecen gozar, aunque lo dudo, de la difícil impunidad que permite no responder ni ante ti mismo, incluso mirarte todas las mañanas en el espejo; su terrorífica visión del mecanismo de la vida los hace intentar que todos confundamos lo poco que valen con el mucho dinero que poseen, sin permitir que siquiera analicemos si es ganado o robado, ni el uso que de él hacen.

El abate Sieyes, legislador de la Revolución francesa dijo que los privilegios son “una dispensa para el que los tiene y un desaliento para los demás” y publicó en 1788 un ensayo sobre ellos y el modo de abolirlos, paso que con errores y aciertos dieron los revolucionarios; se refería entonces a nobleza, monarquía y clero, sinrazón y privilegios de los que aun quedan restos; ahora Sieyes analizaría el sucio poder del dinero, principal privilegio actual que desalienta. España, por ejemplo, con una de las tasas más bajas de criminalidad, es el país de Europa con más presos por habitante, sin duda mérito del aparente buenista que es Z y su feroz carrera mediática hacia lo que alguien llamó “todos a la cárcel y por mucho tiempo”, perversión carísima pese a la cual ricos y bancos, privilegiado núcleo duro de la crisis financiera y, peor aún, ética, nada temen, pues salvo algún esperpento que fue peligroso para ellos, ni siquiera son juzgados, ya que financian a políticos, jueces, medios,… que, en pago, los inmunizan y rodean de secreto, los dan dinero nuestro y permiten que se adueñen con estrépito de la sanidad, la Universidad, el deporte, el arte,… Superaba Hans Erich Nossack “El hundimiento” que supuso el salvaje bombardeo de Hamburgo en 1943 aferrándose a una idea: “Si no creemos ya en nosotros, ¿qué somos de lo que fuimos?”; hay que volver la vista atrás y repetir camino ya andado hacia la fraterna libertad igualitaria.

Sabedor hastiado de algo de lo que pasa, no lo bastante para abrir el puño solidario y hacerme mano, me enfundo en la querida y vieja ropa de trotar, hacer paisaje con el mar azul, el verde campo, el gris acantilado sobado -mil veces maltratado- por las olas, me irrita que cubanos conchabados con el yankee y desleales a su gente nos mientan, me enervan Haití y todos los olvidados, me revuelven los privilegios de la hija del banquero con pinta de labriego que, sin tierra ni trabajo, ofende al pretender, ubicuo, usurpar hasta el rojo de la izquierda, esa hija que hace tiempo dijo que AOL y Yahoo!, ¡tecnología punta para ella!, eran “rivales de las firmas tradicionales del sector financiero” pues “en 1985 la banca española dedicaba 10 empleados por cada 10 millones de euros en cajeros automáticos y hoy dos empleados los gestionan”, ¡paro y egoísmo!, brillante análisis tras el que AOL y Yahoo! devinieron sólo onomatopeyas ridículas y, sin que ella lo explicara, desaparecieron de la bolsa; la hija que, sin pudor, hoy apalea dinero donde, barato, solo a ellos prestan y mañana… ya veremos. Fatiga, pensar, naturaleza,… me llevan a 1788, al abate Sieyes y su subversiva disección de nación y privilegio, a releerlo para luchar contra los restos del viejo régimen y ayudar a abolir modernos privilegios del dinero, opuesto a lo que hacen, emboscados tras las históricas siglas del PSOE, Z y el dócil grupo de rémoras y parásitos que le aplaude